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| Tierga, Zaragoza |
También los pueblos necesitan ser mirados
Hay una forma de mirar los pueblos que solo busca lo que falta.
La tienda que cerró.
La casa vacía.
El servicio que desapareció.
La carretera que necesita arreglarse.
La gente que se marchó.
Y, por supuesto, todo eso existe y merece ser atendido.
Pero también existe otra mirada.
La que descubre a la persona que decidió quedarse.
La que ve una asociación que sigue reuniéndose aunque cada vez sean menos.
La que reconoce el talento de quien ha convertido una antigua profesión en una nueva oportunidad.
La que descubre un espacio abandonado y piensa que quizá todavía puede volver a llenarse de vida.
La que observa un banco decorado a mano y entiende que alguien ha querido decir:
“Este lugar importa.”
Mirar un territorio también es decidir qué queremos poner en valor.
Y quizá por eso necesitamos mirar nuestros pueblos no solamente desde sus problemas, sino también desde sus posibilidades.
En el trabajo ocurre exactamente lo mismo
También en nuestros equipos vemos muchas veces lo que esperamos encontrar.
La persona que “siempre llega tarde”.
La compañera que “no se implica”.
El trabajador que “no tiene iniciativa”.
El proyecto que “no funciona”.
El problema que “siempre ha estado ahí”.
Pero ¿qué ocurriría si cambiáramos la mirada?
¿Qué pasaría si, antes de juzgar, preguntáramos?
¿Qué necesita esa persona?
¿Qué capacidad estamos desaprovechando?
¿Qué está intentando decirnos ese conflicto?
¿Qué necesidad hay detrás de esa queja?
¿Qué oportunidad puede esconder ese problema?
A veces no necesitamos mirar más lejos.
Necesitamos mirar mejor.
Porque cuando cambia la pregunta, también puede cambiar aquello que vemos.
Y con las personas, todavía más
Hay personas que necesitan que alguien las mire de verdad.
No para decirles quiénes son.
Sino para ayudarles a descubrir todo lo que pueden llegar a ser.
Una mirada puede reconocer.
Puede cuidar.
Puede dar confianza.
Puede abrir una posibilidad.
Puede decir, sin palabras:
“Te veo.”
Quizá por eso mirar sea también una forma de cuidar.
Porque aquello a lo que prestamos atención empieza a ocupar un lugar.
Y aquello que dejamos de mirar corre el riesgo de desaparecer de nuestra conversación, de nuestras decisiones y de nuestros proyectos.


